Calificar actividades vs calificar objetivos

Figura 3

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Hay algo que no me cuadra nada y que es muy común entre el profesorado: el modo de calcular las calificaciones finales (de trimestre, de proyecto o de curso). Supongamos que programamos de manera competencial. A partir de unas competencias, fijamos unos objetivos (de curso, de trimestre, de unidad o de proyecto). Para conseguir estos objetivos, diseñamos actividades que los alumnos deberán realizar. Algunas más guiadas, otras más abiertas (dentro de los objetivos a lograr). En el aula, realizamos acciones para que los alumnos conozcan los objetivos y se les hagan suyos. Mientras desarrollan las actividades, hacemos evaluación formativa: damos criterios claros para evaluar (autoevaluar, coevaluar y heteroavaluar), damos feedback… A partir de este feedback los alumnos mejoran las tareas. Además, van revisando periódicamente los objetivos marcados inicialmente para ver si se acercan y tomar decisiones al respecto.

Figura 1
Figura 1

¿Y a la hora de calificar? La mayoría de docentes hace una media ponderada de las actividades. En cada actividad o cada categoría de actividades le asigna un porcentaje y calcula la calificación final.

Figura 2
Figura 2

Como se ve en la imagen, no miramos el grado de consecución de los objetivos. Acabamos mirando la calidad media de las actividades que los alumnos nos han entregado. Seguro que la calificación (numerito) no será diferente de la calificación por objetivos que propongo, pero perdemos una buena oportunidad de seguir haciendo evaluación formativa. Si hemos hecho la planificación con objetivos competenciales, creo que habría que hacer también la calificación a partir de los objetivos.

¿Y qué significa calificar por objetivos? Sencillamente que no calificamos tareas de manera global, sino que, por cada tarea que decidimos calificar (que no tienen por qué ser todas las que hacemos con los alumnos), miramos el nivel de consecución de los objetivos.

Figura 3
Figura 3

Aparentemente puede parecer que la Figura 2 y la Figura 3 no son muy diferentes. En el fondo, las dos hacen una media ponderada. Pero la Figura 3 se centra claramente en los objetivos. Somos capaces de establecer un nivel de consecución de los objetivos de manera razonada y argumentada. Y, si lo comunicamos al estudiante, reforzamos la evaluación formativa. Cuando hablo de comunicar, lógicamente, no hablo solo del logro (sea con nota numérica o logro) sino también con el comentario correspondiente.

Así que el alumno recibe los objetivos que queríamos conseguir, en qué grado de consecución los ha conseguido y un comentario que le explica en que se fundamenta este grado de consecución y le guía para mejorarlo.

En cambio, siguiendo el modelo clásico de la Figura 2, el estudiante solo le podemos comunicar una calificación por actividad, pero que no acaba de decir nada, ya que las actividades son complejas. Cierto que el comentario ayudará a centrar, pero el alumno no tendrá la visión de la consecución de un objetivo concreto, ya que un objetivo se trabaja en más de una actividad.

Para mí las ventajas son claras:

  • El profesorado debe diseñar muy bien las actividades para que realmente sirvan para conseguir los objetivos.
  • El profesorado puede evaluar muchos aspectos en cada actividad, pero solo califica aquellos aspectos que seguro ha trabajado en el aula de manera clara. ¿Cuántas veces calificamos actividades teniendo en cuenta criterios que no hemos trabajado en clase sino que ya se supone que los alumnos debían conocer?
  • El alumno sabe en todo momento porque está realizando una actividad, qué debe aprender.

Puede parecer una tontería y, como he dicho antes, seguramente no nos cambiará la calificación global, pero creo que puede ayudar, tanto a alumnos como profesores, a aprovechar la calificación también para hacer explícito lo que queremos conseguir y si lo estamos consiguiendo o no.

Dejadme poner un ejemplo habitual: una exposición oral. Si utilizamos la evaluación por objetivos, tendremos que tener muy claro a qué objetivos competenciales corresponde esta actividad. Si, como parecería lógico, responde a algún objetivo de la competencia de expresión oral, habrá que dar criterios claros a los alumnos en este sentido. Buscar momentos de ensayo, feedback de compañeros… También puede ser que la actividad la propongamos, además, por algún objetivo de la competencia digital. También habrá que dar criterios claros de cómo deben realizarse esta presentación digital de apoyo. Después de ensayos, evaluaciones y feedback, algún día haremos la calificación de esta exposición oral. Si al alumno no le comunicamos una sola calificación global de actividad sino que le damos una por cada objetivo (dos en este ejemplo), el alumno verá en qué debe mejorar. A medida que hagamos otras actividades, verá si mejora en los objetivos que se repiten.

Los calificadores de los entornos virtuales de aprendizaje habituales (Moodle, Classroom…) o aplicaciones específicas, siguen la lógica de la Figura 2. Un porcentaje por actividad y por categoría.

Cierto que se puede hacer «trampa». Se pueden definir más actividades de la cuenta (Actividad 1 según el objetivo 1, Actividad 1 según el objetivo 2, etc.) y definir categorías que sean los objetivos. Acabará habiendo totales de categorías que serán los objetivos que indico en la Figura 3. Pero el artículo no es para criticar las aplicaciones de cálculos de calificaciones. Simplemente es para repensar el cálculo de calificaciones que, a buen seguro es poco importante ante el reto de la evaluación formativa, pero que tampoco hay que seguirla haciendo como siempre sin reflexionar.

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2 comentarios en «Calificar actividades vs calificar objetivos»

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