Hay vida más allá de la rúbrica analítica

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Ya hace unos años que las rúbricas analíticas se han puesto muy de moda. Hablas con docentes de cualquier nivel y muchos de ellos utilizan rúbricas analíticas. Y parece que utilizando estas rúbricas ya están haciendo evaluación formativa y formadora.

Mi experiencia, sin embargo, me dice más bien lo contrario. No soy tan radical como una buena amiga que tengo que dice que las rúbricas estan obsoletas, pero un punto de razón no le falta.

Demasiados docentes han visto en la rúbrica una herramienta para mejorar la calificación. En un examen, es sencillo poner calificaciones. Se asignan puntos y medios puntos a las preguntas y se suman las que el alumno ha hecho bien. Pero con actividades más competenciales (una exposición oral, una maqueta, un video, etc.) es más difícil. Y muchos docentes han encontrado la luz con la rúbrica analítica. Asignamos varios criterios con unas ponderaciones, añadimos unas puntuaciones a cada nivel y … ¡listo! Parece que la calificación queda justificada.

No seré yo quien diga que esto no es correcto y que no se debe hacer. Pero nada tiene que ver con la evaluación formativa. Algún otro amigo me ha dicho en alguna ocasión que por aquí se empieza. Y no digo que no, y siempre mejor dar las calificaciones así con la rúbrica analítica que con un numerito solo que cuesta mucho justificar porque es exactamente aquel.

Pero, como reafirmaba hace poco en Twitter (con algunas voces en contra), creo que la rúbrica no sirve para calificar. Se puede utilizar y mejorar la calificación, pero su función creo que debe ser una totalmente diferente. Debe servir para poder tener criterios claros para poder hacer, sobre todo, coavaluaciones y autoevaluaciones. Por lo tanto, para poder detectar los aspectos de una tarea o de una habilidad que ya hemos logrado y los que aún tenemos margen de mejora. Y, lógicamente, mejorarlos y volver a evaluar más adelante.

¿Y por qué digo que hay vida más allá de la rúbrica analítica? Porque hay otros instrumentos que, en muchas ocasiones, nos ayudan mucho más a hacer este proceso. Por ejemplo, las rúbricas de un solo punto, que hablaba en este artículo, son un instrumento mucho mejor. Es cierto que estas rúbricas de un solo punto no sirven para calificar ni que queramos, y eso ya me gusta. Pero además, provoca una reflexión que demasiadas veces no se produce con la automatización de las rúbricas analíticas. El alumno no puede marcar una descripción (demasiadas veces no las lee e imagina una escala de calificación con Mal, Regular, Bueno, Muy bien), sino que tiene que escribir aquellos aspectos que ha hecho bien y los que no, a partir de unos criterios claros.

Pero aún tenemos más. Las bases de orientación, por ejemplo. Alguien dirá que no son un instrumento de evaluación, sino que son pautas para saber hacer una actividad. Y eso es lo que son, pero una vez hechas (si las hacen los alumnos, el proceso ya es una fuente importante de aprendizaje), son muy útiles para que el alumno revise cómo está cumpliendo la tarea. Y, esto, es evaluar.

Y seguimos. Las listas de cotejo (en inglés checklists) son otro muy buen instrumento. Son para revisar aspectos mucho más concretos, pero útil igualmente. El alumno solo indica si cumple es criterio o no lo cumple.

Seguro que podríamos encontrar otros (escalas de calificación, parrillas de observación, dianas de aprendizaje, etc.). En todo caso, el artículo solo quería mostrar que, aparte de las rúbricas analíticas, hay muchos otros instrumentos que nos pueden ser mucho más útiles para acompañar a los alumnos en su proceso de aprendizaje, sin calificarlos y dándoles criterios claros para poder autoevaluarse y coevaluar, a parte de recibir nuestro feed back, por supuesto.

 

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